domingo, 23 de diciembre de 2007

Olvido avanza

Como se expande la red
de fractal craquelado
en el fango del pantano
pues ha dejado de llover
y el sol impera

Como se filtra el gris
sobre el ocaso
hacia el oscuro
puro: por ósmosis

Como la cimbra transfiere
suspiro a suspiro
a la varilla
el peso inmenso
del cemento
que fragua

Más cuerda más

vine
a que me rebobine
el sueño
y me lo rebobina
y vuelvo a soñar
que salgo de casa
a las tres de la mañana
con la alegría
del sueño
recién soñado
en el paladar
del alma
y la nostalgia
de verlo
largamente
desenrollarse
poco a poco
diluirse
aliento en la bruma
de los pensamientos
y los pasos
y entro
al oscuro
tendajón
en donde un hombre
barbado
interroga
con la mirada
y me escucho decir
entre humos
vine
a que me rebobine
el sueño

miércoles, 19 de diciembre de 2007

El pisado

En el fondo está el piso
y sobre el piso –delgada
o gruesa según los temporales-
va la capa de mierda que pisamos
en la que hunden raicillas los desdenes
las muinas que nos desdoran
los pesares que pelechamos
apisonado turbio que fermenta
lejos del corazón al roce
de la planta del pie que hemos vestido
con suelas de esparto

Tramas (1)










Ocaso entra

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Ocaso bota

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Ocaso nada

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Ocaso cabecea

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domingo, 16 de diciembre de 2007

Vieja cabeza

Hojas sueltas de cualquier cuaderno (viejo o nuevo, escrito acá o allá) con las que me topo al abrir un cajón o un libro.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Pasos

Como si nada
Los doy, o se me dan
Muy en la mañana los regalo
O a mi vienen tan solo, tan solos
Jamás los solicito
Casi flotando me llevan y devuelven
De los rincones, a las ventanas
Sólo el suspiro de su lija sobre el suelo
Ese rumor sin peso a veces los delata
Como si nadara los doy, o se me dan, se van
Se fugan tersos como morralla de un juego
De tablero en un domingo dilatado de la infancia
O como gotas de un lavabo descompuesto
Hace tanto que se camuflan de silencio
Y sé a dónde me llevan al final
Pero nunca por dónde.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Lavapiés Vans


White vans are climbing up the hills of Lavapiés
They snail and swallow loads of sleeping men

White vans are climbing down the hills of Lavapiés
They slide and stop and throw out purple ladies

White vans are meandering blindly through the hills of Lavapiés
Driven by smiling lizards with checkered bandanas

White vans are hoping up and down the mazy hills of Lavapiés
With dazzled hornets drilling holes to smoke through

White vans are clotting the narrow lanes of Lavapiés
“Ah the chinaman is teaching his parrot Lebanese!”

White vans they all refill with old ladies’ whispers and float
“Oh the big band ballrooms where have they all gone?”

White vans they all at night melt down the hills of Lavapiés
As a layer of shiny aluminum that nourishes the moon

Planas Escolares (Civismo)

Yo no sé si contaron bien los votos.
Tú no sabes si contaron bien los votos.
Él no sabe si contaron bien los votos.
Nosotros no sabemos si contaron bien los votos.
Vosotros no sabeis si contaron bien los votos.
Sólo ellos saben si no contaron bien los votos.
Sólo Dios sabe si contarán nuestros votos.

El número de votos es un instrumento impreciso.
El corazón es un instrumento tosco.
Los votos se evaporan como moléculas de alcohol.
El corazón se derrama como chapopote en el océano.
El número de votos es la quimera indecisa en un ensueño vespertino.
(Como los pájaros que vio cobrar vuelo Borges al entrecerrar los ojos)
El corazón es un molusco cegado que secreta una baba de terror.

Sed

Ya seco el amor
es agudo como lanceta
de cristal
que ahora se hunde en
los tejidos
deshebrándolos sin ruido
ni desgarro
y de esa punta geométrica
insensible
fluyen niágaras

jueves, 11 de octubre de 2007

Rodeado

Eludo el ojo avizor del cajero y en las dos cuadras libres que siguen recapitulo la estrategia. Entro a la estación con la espalda pegada a la pared y la cabeza gacha. Rodeo fuera del ámbito de las tres primeras miras y detecto que sólo mis pies son salpicados por el rocío mirón. Después de insertar el boleto, al pasar el tope rotatorio, me bajo la caperuza hasta la nariz pues sé que hay unos metros de fuego intenso, cruzado, que me crispa los nervios. Corro disimuladamente, acelero hasta llegar a la plataforma donde me escondo entre la multitud que espera. Elijo la altura del penúltimo vagón, pues hay un punto ciego en el que respiro tranquilo. Al abordar doblo un poco las rodillas de modo que mi cabeza no destaque (para entonces por disimular no traigo la capucha). Ya en el vagón me arrodillo en la parte de atrás. Y finjo dormitar aunque es el momento que más padezco. A veces es cuando empiezo a rezar. La manos me sudan. Luces y sombras pasan por mi rostro y sin abrir los ojos percibo claramente cómo se mezclan en ellas las miradas de los demonios vigías. Al abrirse la puerta en mi estación salgo disparado a paso rápido sorteando bultos y personas pues ya para entonces siento que el cuerpo me palpita, que la sangre me rebota contra el techo del cráneo, que casi no alcanzo a respirar. Sé que es el momento en el que más me expongo pues debería eludir con más cautela los ojos matones regados por todos los pasillos. Por más que ya conozca los sitios y los ángulos en los que apuntan, cada tanto los cambian y más de una vez me han sorprendido venadeándome de lleno y paralizándome de terror. Salgo de la estación a rastras sin casi fuerza, sin habla, sin sentido, odiando intensamente esas máquinas brutales que desde todas partes me hurtan la sangre, el alma, el corazón.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Nada que hacer!


(entre Mitte y Dahlem 11 Okt 06)


Salgo a soltar las piernas [como otros sueltan sus perros...o a soltar los pernos sobre el pasto... ah la brisa cargada de navajas]. En la calle los vagos nos reconocemos, dar pasos sin propósito es un arte suave que se deja notar y sólo están para notarlo quienes dan pasos sin propósito. En qué banco detenerse a rebobinar la lista de los pensamientos, a calibrar el desfile ocioso que atestiguamos adentro –retazos de frases y memoria—con el desfile ocioso que atestiguamos afuera... rostros... ah, cómo imantan el corazón los rostros con sus parecidos y sus sorpresas. Caderas jóvenes que inducen pequeñas fogatas de utopía y ajetreos y devaneos y conductas merecedoras de una bitácora más minuciosa que este pedazo de libro.
Nada que hacer, y salgo a cavilar sobre los seres humanos ignorando el color que por la noche adquirieron las hojas de las caducifolias y las palpitaciones que induce la brisa en los flequillos del pasto. Ignoro la discreción de los tordos y solo atiendo sin nada que hacer a quienes me ignoran... el muro gris con toda su brutalidad no podría ignorarme... y un grito anarquista de Banksy irrumpe en mi conversación!

Perdidos

(para Arturo, mi hermano)

Debieron ser las arrugas
"taxidérmicas" de la vieja
que nos habló sin conocernos.
Daban casi las nueve y el ocaso
con sus patas rallaba
las idénticas fachadas
para igual confundirnos.
Las arrugas nos turbaron más
que las hoscas palabras.
Un puente largo se combaba
hacia lo incierto y desde su cima
pudimos ver el río, su larga
lengua de perro, sin distinguir
si iba o venía. ¿Era Chelsea?
A media voz y pasos largos
como quien profana
avanzábamos serios. Tú
habías comprado los boletos
del subterráneo. Yo erré
cuando elegí el andén.
Al salir al descubierto,
gastamos minutos en
descifrar una barroca
zonificación (sur-sur-oeste-13),
en rodear las bardas rojas
de un hospital y una escuela
persiguiendo el perfil
reconocible de una iglesia;
pero era un espejismo.
En el estriado rostro
y la voz burlona de la bruja
distinguimos la tenaza
ya demasiado tarde.
Sin casi hablar, hermano,
empezamos a parecer
aquello con lo que soñamos:
la sincronía perfecta,
los puños relámpagos
de un campeón. ¿Por qué
tenía que haber un cementerio
en el camino?
Porque tenía que haber
un cementerio en el camino.
Cruzarlo fue una hazaña interior,
difusa, indefinida. Y salir
de sus espectros era anhelar
atados al cordel de los umbrales,
era reconocer los atisbos
de lo que un día seríamos:
alacranes o tigres,
nubes o cifras de relojería.
Tomarnos de la mano
y aún decir con la mirada
(quedamente) que teníamos
miedo, era aceptable, sí.
Y salir era buscar la madrugada,
el claro de una acera,
la bendición de un letrero
que convertía un precipicio
en una calle: el viejo
camino a Brompton.

London Fields

Mis recuerdos infantiles de Londres son la topografía de mi alma.
Al centro un hogar familiar rodeado de calles aledañas claras y conocidas que se van volviendo vagas y amenazantes conforme nos alejamos.
Hay cruces atoradas por allá en Cromwell Road.
Una maestra española repitiendo oraciones sólo a medias colegidas.
Un siniestro percance de un puño contra mi hocico desprotegido.
El paso luciérnaga de autobuses que no llevan pasaje....

Donde el inconsciente se disfraza de calles aledañas que se oscurecen o difuminan, y las certezas y terrores cobran forma de farolas y sombras abisales.

martes, 2 de octubre de 2007

“Hamburg Wedding”


no te habías dormido
al otro lado del océano
cuando yo desperté
con tu musgo en los dientes
y la lengua aserrada...

La nieve
había sellado el paño
de aquel cubo y ni la luz
alzaba más allá
del milímetro.


Lejos de los contactos,
los cables, los teclados,
los dedos entumidos,
la tripa amartillada,
millas y millas de cuerda
tensa y enredada tal letanía
buscándote.

Lúbrico e inalámbrico
me puse a rodar
por los rieles de la duela
las maletas vacías
arrastrando los pies
deshoras
hasta que el vecino
desgañitado
despertóme
exigiendo dormir.

(Berlin, Tegel, 6 Marzo, 2006)

Arte corto

En los metros
cuadrados
de mis versos
no cabrá nunca
el infame
derrame
de tu cerebro

lunes, 1 de octubre de 2007

Ailment/Alimento

Ningún placer salvo borrar el hambre con una goma suave que erradica los rasponcitos que la ausencia dilatada de algunos radicales sembró en los intestinos.
Ninguna ebullición, disparo, eferverscencia; sólo difuminada homeopatía, arrastre mecánico de labios fantasmales.
Una limpia casi espiritual del inconforme tracto.
Como el sexo terapéutico que anuncian en Ginebra.
Como la inconsciencia del sueño olvidado.
Como la avispa áspera de la comezón que un agua tibia alacia, no lava.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Antropología vidente

Desde lejos iguales
Pelusas briznas parpadeos
Sobre una sábana azul iridiscente
...
De más cerca iguales
Labrando ambos la tierra atrabilados
Junto a sus animales y a sus hembras
...
Desde el graderío iguales
Abanicando en sincronía
Vestidos de felpa y con un gorro
Que oculta su ceño torvo
...
Alguno desde lo alto los juzga iguales
No saludando ni ahogándose
Puntillistas cabezas entre puntillistas
Olanes del oleaje
...
Y si te pones junto son iguales
Ojos azules vacuos manos largas nudosas
Y es quejido monótono el silencio
...
Cuando te acercas soez también iguales iguales
Vellos grasosos rombos escamados
La misma palidez de los vasos vacíos
...
Iguales si te duermes abrazándome
Y abres los ojos de pronto sin motivo
La cauda detenida de un azoro
...
Desde tu sueño iguales
Lazos de fósforo abrumados por la noche
Columnas ciegas rumbo al exterminio
...
La vida la sonda en vacío el planeta
Eclipsándose iguales
...
Iguales

Vestir los pies

Siempre he sentido pereza de ponerme los calcetines, de calzarme los zapatos, de amarrarme las agujetas. Que esas dos porciones de mi cuerpo necesiten tales cuidados me atosiga. Por su lejanía, las contorsiones que exige me enfadan. Mirarse los pies es como ver a la distancia. Como dejar escurrir la vista a los confines. Como habitaciones excesivas, los pies incomodan. Y cuando inopindamente los avistas te sorprenden.

viernes, 28 de septiembre de 2007

El hombre desenterrado

Se antoja dispuesto a cometer suicidio mas nada se lo exige. No se acomoda a los trabajos de la tierra. Buena gente al crepúsculo con los de voces muelles. Dócil con los de mano tibia que lo azuzan a andar un poco. Mas terrible con los insolentes que no se hacen a un lado. Avaro con los varicosos brazos de sus semejantes indigentes. Nunca pedigüeño. Nunca dadivoso. No se acomoda a la dureza de las letrinas ni de los bancos de iglesia. Patea cuando puede a los perros ambulantes y a los ciegos transeúntes. No pisa hormigas. Rebelde hasta el vicio con todo tono de énfasis, de certeza o de loa, con todo olisqueo de autoridad. Siempre dispuesto a mirarte fijamente sin propósito alguno. A soltar porque sí una historia de navajeros. A masticarte la lengua. Regaló ya tres veces sus cápsulas de cianuro. Dejó su entierro arreglado hace mil años.
(Con unas líneas de Aguirre Beltrán)

domingo, 23 de septiembre de 2007

Divided woman

En el ensueño se perfila la mujer que estuvo dividida... Su corazón flaqueaba. Como un cartílago se distendía, desde paisajes, desde geografías asediada como una reina de ajedrez. Maelstroms mezclados de exigencia y ternura la escoriaban con sus llamados varoniles. Gestos erguidos frente a su lanceolada, anidada respuesta que ni ella entendía como indocilidad o como confusión... Vivió los meses más caracoles de su vida descifrando las carambolas sobre la mesa ovalada de sus sentimientos... Ellos sólo empujaban los tornillos, los deslices, los frágiles prismas detenidos por el rubor con sus palabras irresponsables, con sus roces de piel sin intención, sin el lastre que ella sentía adivinar... Rota, partida, arrebatada, puesta a rodar, a rehiletear para no sucumbir al peso, para responder al que nadie preguntaba. Al que fuese.

Blue hue

In my dream I saw the exact hue of the metallic glow that prompted Isaac Newton to believe in angels. What Patinir was after and got close but never reached in his rainy scapes. The dream was twelve years ago. I still turn around unconsciously frightened when some light resembles that lightness.

viernes, 10 de agosto de 2007

Camuflaje

Tan parecido al árbol el árbol
Su corteza sinuosa rebosa y se enrama en el paisaje
Entre estelas su tronco desocupa su sitio
Ya no caerá sobre éste la mirada minada
Para encajarle un nombre una hoz un pedestal
La vía dolorosa de un único sentido

Tan como líquenes los líquenes del pedregal
Tardos avances del verde sobre el más duro gris
El verde come oscuro y se deslíe
Y se desconcha hacia el sílice y lo desgrana todo
En coma de carcomer y estremecerse ahíto
Luido de rebozar en la lejía del sol

Tan como las nubes son las nubes
Desgajándose quedamente tan allá
Que parece que es el cielo el que las acomoda con su tempo
Con delicados sus dedos de tiempo inabarcable
Infiltrándose él mismo en la disimulada retahíla
Ofuscando a quien calibra su latido

Tan parecida a tu piel tu piel tocada
Por la luz oblicua del ocaso sobre el pasto
Indecisa entre el borde y el abismo
El límite cuando el albedo tiende a cero
Y se abre a desaparecer con el pálpito de tu respiración
Y se cierra ante un pasmo tan parecido al asma
Este instante que esfumas allá arriba lejos allá nunca

domingo, 5 de agosto de 2007

Innards

... todo lo que pasa por tu cuerpo, los sólidos y líquidos y gelatinas; el aire la luz y los silbidos; se organiza, revuelve, organifica; lo envuelve una saliva, un moco, un cebo, una dendrita; se va mezclando, abriendo, disolviendo; va claudicando, cediendo, sucumbiendo; dejando pureza, integridad y clase, dejando su ser externo, natural divino, cayendo poco a poco hacia la carne... lo que pasa por los túneles, los orificios, lo que se atasca, se enreda, cobra pesantez, se adormila en el sueño de la espesura coloidal, la cámara lenta de la mucosa, de la densidad pegajosa del plasma vegetativo, en la resbalosa y pausada evolución de los polímeros y de las sábanas y derrames... (continuará)

jueves, 2 de agosto de 2007

Padre duerme

También padre necesita dormir.
Está cansado y ya los párpados le pesan
de haber acumulado gravedades.
Trozos preñados de mundo
le nublan la circulación.

Es la dilatada sobremesa del domingo,
cuando mamá ya recogió los platos,
el café ya se enfrió y las voces
lejanas y agudas de los niños
llenan las pausas de la conversación.

La mano monótona de padre palmea
y rueda unas migajas y sus párpados ceden.
Quien tiene la palabra finge no percatarse
hasta que es inevitable el silencio.
También papá necesita dormir.

El silencio atento de sus hijos.
El barullo de sus nietos. La premonición
de otro sueño y otros silencios,
lo envuelven como una manta de pasmo
y susto durante su cabeceada.

Dos o cuatro minutos... hasta que
padre retoma el latido de su mente atenuada,
y tras de un instante de nervio y desconcierto
reconoce la escena, siente la tibieza de la cobija
y olvida la terrible pregunta.

Sus párpados ya aligerados por el pisto
se entornan antes de que nos sacuda
con el siguiente oráculo...
También los héroes se cansan de vivir.

miércoles, 1 de agosto de 2007

El pase quieto

Era la primera vez que abría con su propia llave. Que encontraba desde tan lejos su propio camino de regreso a casa. Que nadie lo esperaba. La sensación de cansancio adolorido en las piernas era la habitual después de los partidos, pero mayor, pues había caminado casi cuarenta cuadras desde el periférico, donde lo bajó el padre de Juan, alegando alguna prisa. Subir los cuatro pisos hasta su departamento fue doloroso y dulce. Habían ganado. Habían ganado uno cero en un juego durísimo contra el campeón del año pasado y él había dado a Juan el pase para gol, aunque técnicamente eso no podía llamarse un pase. Abrió con su propia llave usando la maña que su madre insistió en que practicara diez veces antes de salir aquella madrugada ante las protestas del padre que repetía aún adormilado que su hijo era idiota pero no tanto. Salieron luego de viaje no sin antes darle dieciocho recomendaciones. Y cuidadito tocas mis botellas fue lo último que escuchó decir al padre mientras cerraba tras de sí la puerta. Abrió con su propia llave y caminó todo lo largo del pasillo arrastrando los tacos, alegremente consciente de que todavía soltaban cachos de lodo y aunque tuviera que barrer después. Esa alegría de la casa sola se sumó a la del dulce dolor en las piernas, al la del ardor del raspón en la rodilla, a la de saberse ganador. Botó su llave nueva en el piso y arrojó la bolsa desde la entrada de su cuarto tratando de que cayera en la cama pero sólo consiguió desparramar su contenido; espinilleras, tenis, un cómic arrugado, una lata de coca. Pegó brincos de orate por el pasillo hasta el refrigerador y sin cerrarlo ahí mismo se bebió de un tirón el litro de leche que le habían dejado para la merienda. Cogió un bolillo, tres rebanadas de jamón y sacó un litro de coca de la alacena. Cuatro minutos después frente a la ventana que daba a una jacaranda en flor ya todo estaba deglutido. La dulzura remanente del alimento se mezclaba con la de los dolores que le acicateaban el cuerpo (de piernas, de rodillas, de costillas -había detenido un trallazo en la barrera). Se mezclaba también con la de la incitante espaciosa soledad, y con la de saberse ganador, reivindicado ante sus co-equiperos. Reconoció en esa mezcla una sensación corporal y emotiva novedosa, irritantemente fresca. Apenas hacía cuatro meses habían asistido Juan y él por primera vez al entrenamiento de la selección del colegio; sólo ellos dos eran nuevos y el hielo excluyente con el que los rodearon los demás los raspó durante todo este tiempo. Muchos minutos en la banca y muchas descortesías. La melé que hicieron hoy sobre Juan y él después del golazo derritió de golpe los carámbanos. Sonriente se sentó sobre el tapete frente al televisor pero no lo encendió. Se dedicó a raspar con la llave rencontrada las costras de lodo y sangre de la rodilla derecha y a comérselas masticando despacito. Se estiró luego sobre el piso quitándose los tacos, las medias, los shorts, la camiseta, los calzones. Desnudo se fue metiendo poco a poco bajo el sillón como cuando se escondía ahí de chico. Ahora el ronroneo distante del viaducto sustituía los gritos, y la dulzura del dolor heroico y la frescura del piso ocupaban el lugar del miedo. El sillón encima de él le recordó el peso de sus compañeros emocionados. Escenas del juego le fueron llegando a la mente. Las tres veces en que desbordó por la banda sacando ventaja al defensa sin conseguir centrar al sitio justo. La vez que sí centró perfecto pero el portero detuvo el dócil remate del centro delantero. Y la jugada genial, que inició Juan en la media cancha, acarreando y driblando a varios hasta los tres cuartos, y indicándole con la clave que sólo él conocía que se cruzara hacia el hueco que iba quedando en el centro, y la carrera larguísima que pegó para alcanzar ese pase perfectamente filtrado, perseguido por tres defensas más lentos, y el golpe de inspiración de no adelantar el balón como todos esperaban sin sólo matarlo ahí, con el empeine, y seguir corriendo jalando la marca para que entrara Juan solito y zapateara perfectamente el balón estático para insertarlo en el ángulo ante el estupor de propios y de extraños. Repasó esa jugada una y otra vez con los ojos cerrados. La comunicación intuitiva que había entre Juan y él había engendrado esa joya que en su cabeza cobraba minuto a minuto dimensiones épicas. Estaba solo en casa desnudo bajo el sofá y una intensa alegría nueva lo ocupaba. Hecha de un cuerpo dulcemente adolorido; de una piel excitada; del vislumbre de amigos nuevos constelando su relación con Juan. De la confianza sorprendente en que algo bueno, mejor viene de alejarse de los padres.

(publicado en Marcial Fernández (compilador) También el último minuto, Ficticia, Ediciones del Futbolista, 2006)

martes, 31 de julio de 2007

Tensión Superficial: reflejos sobre "Básicamente" de Claudia Rodríguez Borja


*
Cuando sueño que vuelvo a la infancia sueño con agua verde, densa, detenida; agua de tez brillante, lenta, envolvente como el azogue. Mi piel si acaso la roza con dedos de mano o pie y su pátina responde con ondulaciones. Apenas hay sensaciones táctiles; todo es visual, titilante y pleno como el material de la flama.
*
El agua no se acomoda a su cuerpo. Aún si quieta se mueve microscópicamente tratando de descansar –uniformemente—sobre todas sus moléculas. Aún el mar es estrecho para la ambición de planicie del agua. Empuja, embate siempre ante la estrechez de los cantos. Toda orilla es prisión.
*
Yo vivía cercado por pantanos. En toda dirección que un niño errara, un brillo verde, oscuro, amenazante en su silvestre ubicuidad, aparecía de pronto entre los tallos. Inmóvil tensión a veces rota por un insecto o una rama quebrada. Tersura preñada y viva de las aguas dormidas que me obligaba a detenerme, a mirar fijamente las mínimas ondas sobre la superficie, sus oscurecimientos graduales, e imaginar lo insondable...
*
El agua fluye aunque esté quieta. Tiene ansia de huecos y los hace y luego los llena y al hacerlo los hace y nunca acaba. Se rebela ante la quietud que le imponen los vasos y el vacío.
*
Yo siempre debía dar marcha atrás... ese caprichoso encharcamiento era el inicio –que podía estar en cualquier sitio– del pantano y el fin de nuestro dominio. El agua en su ubicuidad y sus mutaciones marcaba nuestros umbrales, estremecía nuestra imaginación.
*
El agua se aferra a los bordes, se cuelga de ellos. Aún dormitando no deja de adherirse a los lindes como para no olvidarlos. Las curvas, los meniscos que engendra son el despeñadero de la luz.
*
Cuando la infancia vuelve por los poros del sueño el agua verde se ha adueñado de todo. Su cuerpo de musgo y de iguana y de humo se ha desbordado sigiloso, ha seguido creciendo --como si la lluvia no cesase ya nunca allá en la sierra-- y silencioso y ávido durante las noches ha ido colmando con su derrame suave todas las ranuras y los intersticios, engullendo los prados y senderos.
*
Aún cuando se congela el agua deja orificios entre sus tendones para que fluya el aire y su rumor le recuerde la holgura de la danza, de la distensión.
*
A veces me engulle a mí. Estoy sumergido en ella y floto como en un amnios tibio, miasmático, inquietante. Estoy embalsado, embalsamado y no me atrevo a abrir los ojos.
*
La gente las construía con esfuerzo. Las usaba un verano, dos. Mudaba la moda. Las abandonaban. La selva y el pantano las reclamaban. Se iban cubriendo de algas. De ramajes y frutillas. Se pudrían. Engendraban renacuajos de rana y sapo, e insectos inverosímiles de largas y elegantes patas que casi volaban sobre su superficie trazando con su estela una caligrafía de brillo y sombra que alguien tendría que descifrar.
*
Ciénaga. Tremedal por sus trémulos tentaleos. Buedo. Budial anegado con aguas que brotan perennemente por toda su extensión como sucede en la marisma de Tartosa donde los llaman Ullals como si dijeran ojazos. Tierra que con la demasiada agua y humedad. Frontera fantasma de la luz. Las bocas del cielo por donde sobresale el agua.*
*
Quedaba la inminencia de las superficies, de la transparencia que se les adhiere como limitando el peso de la atmósfera, como indicando una frontera para la luz hecha de frondas inefables.
*
Superficies que son solo eso: superficie. Antes y después que nada, eso: superficie. Tez. Dos dimensiones preñadas, tensas, que quieren brotar, bullir.
*
Quedaban los tránsitos, las pátinas perplejas y tensas cercanas a las transiciones de estado.
*
Superficies donde la luz es parte de la trama. No está atrapada. En todo caso alada, halada.
*
No son un medio para ver a su través ni para contener algo. Ni siquiera detienen la mirada. No reflejan. No reflexionan.
*
Muy lejos del espejo o del estanque que lo imita. Ni hondonada donde se quedan varados pedazos de meteoros: ni cielo, ni luna, ni auroras boreales.
*
Ninguna función intermediaria. Ni cedazo ni cuña. Superficie que te enfrenta sólo en cuanto superficie. Cara del agua que ya no es agua.
*
Hablo de lo que desvela la calidad detenida, atenta, de la observación minuciosa de las superficies; lo que está ahí pero nadie atiende. Lo que se graba en el subconsciente: los brillos, los resplandores, la sensualidad de las pátinas. De los espejos de agua que hay en todo lo quieto.
*
La atención adivina lo que la confusión de brillos refracta. Hay un mundo que se ha pasado por el cedazo y no encuentra ya sus hormas, su organización. Un mundo difuminado cuyas partículas palpitan buscando su reacomodo. El que le damos cuando lo miramos.
*
Hablo de aquello que le hacen los sueños al recuerdo. Esa desnaturalización, purificación, destilamiento, que los deja flotando inaccesibles, desvaneciéndose a pesar del gran deseo de contenerlos. Como sombras de aves a lo lejos en el ocaso oscuro. Como mementos de cal sobre una muralla blanca.
*
Sí: el sueño a veces hace lo que estas imágenes hacen. Mejor decirlo así, que caer en la torpeza de decir que estas imágenes tratan de hacer lo que hacen los sueños o la memoria.
*
Cuando sueño que vuelvo a la infancia sueño con agua verde, densa, detenida; agua de tez brillante, lenta, envolvente como el azogue.
* inserciones tomadas del Diccionario de Voces Españolas Geográficas.

lunes, 30 de julio de 2007

Esfera/burbuja

Aparece un día una esfera de luz sobre un césped verdísimo. El contraste de sus brillos etéreos contra el verde más vivo te deslumbra, atrapa, subyuga. No te imaginas que pueda ser tuya y volteas a todos lados esperando ver aparecer a su creador, quien inopinadamente la habría dejado descansando ahí. No está por ningún lado. Concentras tu atención en la esfera. La belleza y la sobrenaturaleza que descubres te inquieta tanto que sientes que hay algo sutilmente amenazador en tus sensaciones, como si un equilibrio imperceptible pero vital estuviese a punto de romperse. Tratas de echarte a andar ignorando la imponente presencia de la esfera (que todo el tiempo ha estado cambiando mínimamente, hermosamente, como sincronizada a tus emociones, como intentando halarlas, alarlas hacia una aurora boreal que sólo con lo más fino de tu alma presientes) y no lo consigues. No mueves ni un músculo salvo los oculares, que usas para centrar tu fascinación. Un ruido te distrae, volteas momentáneamente a otro lado y eso basta para que ya no esté. Pasas varios días recordando con tristeza aquella bocanada de belleza. La emoción al principio intensa se diluye día a día dando su sitio a la nostalgia. Ya casi la olvidabas cuando se te presenta de nuevo, sin aviso, flotando cerca de ti mientras conduces rumbo a casa. La reconoces y reconoces cómo tu cuerpo empieza solito a orientarse con ella, hacia ella. Cómo tus cartílagos más finos se vuelven tentáculos flotantes bajo sus iridiscencias. Cómo tus arterias confunden el adentro y el afuera, la lluvia y la respiración se vuelven la misma cosa y tu piel se vuelve una pantalla de once dimensiones para reflejar esa luz quintaesencial. La duda sobre el sentido de venerarla se diluye al tiempo que crece como una sombra enorme la otra duda; la que quita fundamentos a la acción exterior. Descubres que la esfera es una burbuja en la que puedes penetrar, es un planeta gaseoso al que puedes caer infinitamente sin tocar fondo. No traspasas ninguna membrana pero hay un instante en el que ya no hay partícula de tu cuerpo que no esté hechizada. Lo que ves, sientes, hueles, palpas, oyes, pruebas forma un concierto que te desconcierta al robarte la voluntad. Para estar ahí adentro de cuerpo y alma se deben desordenar tu cuerpo y tu alma históricos. Otra distracción instantánea hace dispersarse la burbuja como diente de león soplado por una racha impetuosa. Estás de nuevo al volante, rumbo a casa, desordenado, queriendo saber si hay algo real en lo que acabas de vivir. Otra vez los días de un recuerdo al principio vívido e intenso que se diluye y transmuta en tristeza. Y la esfera o burbuja otra vez vuelve. El ciclo se incorpora al devenir con unafrecuencia impredecible (a pesar de los lunes). Hay conos, deslizamientos, topologías que inducen una inevitable cadencia, un desplazamiento. La emoción y sus intensidades crecen y cada vez tu cuerpo y el cuerpo mágico en el que entras se confunden un poco más. Cada vez la ruptura repetida y esperada del encanto causa un daño mayor, un temor más claro, un deseo de control que te desvíe del abismo que empiezas a distinguir detrás de las brumas esperanzadas. Cada vez formulas preguntas más agudas, que empiezan a dañar la frágil fuente de la esfera. Cada vez entrar es más incitante, adictivo y, por la repetición, se potencia la lucidez del dolor. El dolor es lo que está siempre en la capa más básica del corazón. La esfera no tiene fondo pero tiene pequeñas borrascas, grumos de tempestad. Y tiene voz. Y se queja de que no quieras quedarte. Pero no sabes si lo quieres. No es algo que se pueda formular en el idioma de las opciones racionales. Así, pasan días y días en los que finges no escuchar esa voz. En los que quisieras que la historia no avanzara. Que estuvieses por siempre en ese umbral mágico en el que descubriste que tus átomos podían resonar milimétrica y bellamente con los deslices coreográficos de la esfera. Quedarte flotando en el punto de no regreso, sin avanzar, sin retroceder, oliendo, sintiendo, escuchando, gustando, admirando esa piel otra en la que tu piel se fundía casi, ese remolino otro que ya casi eras tú. Pero las historias avanzan. Los filos profundizan su daño. Las fuentes de la belleza se van resintiendo por la recurrencia. Ayer saliste por lo que dijiste era la última vez. El recuerdo vívido se arremansa y se transforma en líquida melancolía. Despiertas de tus ensueños a cada rato imaginando que la esfera ha vuelto y ahora sí te quedarás en ella. No sabes, no puedes saber si lo harás. Te resistes a la cobardía. Te resistes a ladicotomía. Has elegido el orden anterior y no puedes justificarlo ante tu cuerpo. Sólo ante la línea narrativa de la que la esfera te apartaba. Sientes la luz a media noche. Un destello entra en tu cuarto desde un origen desconocido. Pálpitos que no sabes si están aquí adentro o allá afuera. Tu corazón es cuenco en el que se apesadumbra la duda.