miércoles, 1 de agosto de 2007

El pase quieto

Era la primera vez que abría con su propia llave. Que encontraba desde tan lejos su propio camino de regreso a casa. Que nadie lo esperaba. La sensación de cansancio adolorido en las piernas era la habitual después de los partidos, pero mayor, pues había caminado casi cuarenta cuadras desde el periférico, donde lo bajó el padre de Juan, alegando alguna prisa. Subir los cuatro pisos hasta su departamento fue doloroso y dulce. Habían ganado. Habían ganado uno cero en un juego durísimo contra el campeón del año pasado y él había dado a Juan el pase para gol, aunque técnicamente eso no podía llamarse un pase. Abrió con su propia llave usando la maña que su madre insistió en que practicara diez veces antes de salir aquella madrugada ante las protestas del padre que repetía aún adormilado que su hijo era idiota pero no tanto. Salieron luego de viaje no sin antes darle dieciocho recomendaciones. Y cuidadito tocas mis botellas fue lo último que escuchó decir al padre mientras cerraba tras de sí la puerta. Abrió con su propia llave y caminó todo lo largo del pasillo arrastrando los tacos, alegremente consciente de que todavía soltaban cachos de lodo y aunque tuviera que barrer después. Esa alegría de la casa sola se sumó a la del dulce dolor en las piernas, al la del ardor del raspón en la rodilla, a la de saberse ganador. Botó su llave nueva en el piso y arrojó la bolsa desde la entrada de su cuarto tratando de que cayera en la cama pero sólo consiguió desparramar su contenido; espinilleras, tenis, un cómic arrugado, una lata de coca. Pegó brincos de orate por el pasillo hasta el refrigerador y sin cerrarlo ahí mismo se bebió de un tirón el litro de leche que le habían dejado para la merienda. Cogió un bolillo, tres rebanadas de jamón y sacó un litro de coca de la alacena. Cuatro minutos después frente a la ventana que daba a una jacaranda en flor ya todo estaba deglutido. La dulzura remanente del alimento se mezclaba con la de los dolores que le acicateaban el cuerpo (de piernas, de rodillas, de costillas -había detenido un trallazo en la barrera). Se mezclaba también con la de la incitante espaciosa soledad, y con la de saberse ganador, reivindicado ante sus co-equiperos. Reconoció en esa mezcla una sensación corporal y emotiva novedosa, irritantemente fresca. Apenas hacía cuatro meses habían asistido Juan y él por primera vez al entrenamiento de la selección del colegio; sólo ellos dos eran nuevos y el hielo excluyente con el que los rodearon los demás los raspó durante todo este tiempo. Muchos minutos en la banca y muchas descortesías. La melé que hicieron hoy sobre Juan y él después del golazo derritió de golpe los carámbanos. Sonriente se sentó sobre el tapete frente al televisor pero no lo encendió. Se dedicó a raspar con la llave rencontrada las costras de lodo y sangre de la rodilla derecha y a comérselas masticando despacito. Se estiró luego sobre el piso quitándose los tacos, las medias, los shorts, la camiseta, los calzones. Desnudo se fue metiendo poco a poco bajo el sillón como cuando se escondía ahí de chico. Ahora el ronroneo distante del viaducto sustituía los gritos, y la dulzura del dolor heroico y la frescura del piso ocupaban el lugar del miedo. El sillón encima de él le recordó el peso de sus compañeros emocionados. Escenas del juego le fueron llegando a la mente. Las tres veces en que desbordó por la banda sacando ventaja al defensa sin conseguir centrar al sitio justo. La vez que sí centró perfecto pero el portero detuvo el dócil remate del centro delantero. Y la jugada genial, que inició Juan en la media cancha, acarreando y driblando a varios hasta los tres cuartos, y indicándole con la clave que sólo él conocía que se cruzara hacia el hueco que iba quedando en el centro, y la carrera larguísima que pegó para alcanzar ese pase perfectamente filtrado, perseguido por tres defensas más lentos, y el golpe de inspiración de no adelantar el balón como todos esperaban sin sólo matarlo ahí, con el empeine, y seguir corriendo jalando la marca para que entrara Juan solito y zapateara perfectamente el balón estático para insertarlo en el ángulo ante el estupor de propios y de extraños. Repasó esa jugada una y otra vez con los ojos cerrados. La comunicación intuitiva que había entre Juan y él había engendrado esa joya que en su cabeza cobraba minuto a minuto dimensiones épicas. Estaba solo en casa desnudo bajo el sofá y una intensa alegría nueva lo ocupaba. Hecha de un cuerpo dulcemente adolorido; de una piel excitada; del vislumbre de amigos nuevos constelando su relación con Juan. De la confianza sorprendente en que algo bueno, mejor viene de alejarse de los padres.

(publicado en Marcial Fernández (compilador) También el último minuto, Ficticia, Ediciones del Futbolista, 2006)

1 comentario:

Mónica dijo...

dejo un mensaje a las fotos que un eterno caminante toma de caminantes. Besos eternos.