miércoles, 28 de julio de 2010

Albada

Sólo el temblor
espástico
de la solitaria margarita
delata el desembarco
armado
del invierno

Pila

Cuando me enseñaste a caminar
Pusiste cien monedas apiladas
En mi columna vertebral
Soles tibios
Águilas robustas
Que han ido cayendo lentamente
Dándome los días
Dándome los dones

sábado, 1 de mayo de 2010

Abanicada

Aparezco (videograbado celeste) de niño
practicando mi swing inagotable
ardua persitentemente
una máquina o un dios de pantalones guangos
me lanza pelotas con todos los efectos las
trayectorias las velocidades y hacia cada
recoveco de la zona legal
le tiro a todas como en loop
soy esa insistente concentrada maníaca
repetición en el atardecer del parque
los puños firmes en torno al mango del bate
los pies rascando tierra acomodando la firmeza
del cuerpo con los fierros
me veo poseído por la reiteración del swing
que surca el aire atraído por la traza
del bólido que zumba y ataca los milisegundos
con que cuenta y así se engarza el universo
al jalón de los brazos y muñecas
y al empuje de los muslos las caderas
los chamorros las nalgas los talones
coreografía obcecada que lleva al choque
de la madera con el cuero un kamasutra
entero en su manera de comerciar
del roce más sutil hasta el orgasmo
simultáneo del cuadrangular…
Aparezco (videograbado celeste) de niño
practicando mi abanicada
estoy afuera y adentro
estoy en loop
soy la pelota que vuela y el leño que la descose

miércoles, 7 de abril de 2010

Después de velarla

Me ofende la indiferencia del mundo.
Quiero decir de los árboles,
de la brisa que riega sus caprichos
y pespuntea con enveses, haces.
Quiero decir de las bestias domésticas;
ardillas, transeúntes… olisqueándose
como si no lo notasen.
¿Con qué navaja indigna escoriarles
la apelmazada piel… tatuar
en ella el nombre que vaciaste
para siempre?

Me ofende la salud sosa del mundo.
Quiero decir de este tranco
amortiguado con el que camino,
los merodeos que adquiero,
esta hambre ruin, este cansancio memo.
Quiero decir los reflejos del sol de mediodía
sobre el lomo pulido de un carrazo.
Y me pongo a punzar su acero con tus ojos,
con la furia que te daba su indolencia.

viernes, 12 de marzo de 2010

El agujero de la madrugada

No dejan de apocarse los sonidos urbanos,
las rachas de tráfico,
sus encerrados cencerros.
No dejan de decaer los alborotos, los destemples,
la burulla y su carnavalería.
Desde el pico tumultuoso
-entre las dos y las tres de la tarde-
en el que la loca orquesta urbana
libera todo su vapor, su estruendo,
sus decibeles y caballos de fuerza,
no deja de hundirse imperceptiblemente
la estridencia. El ruido
no deja de espaciar sus agujas husadas,
de domar su chirríos de balatas y bafles.
No deja de ralentizarse el calambre del tejemaneje,
del vas y vienes y viertes,
de espaciarse el hormigueo,
de aletargarse las pausas,
de acodarse más y más en los rincones
y hacerse más amplias las burbujas de silencio
hasta que el eco se interrumpe
y se inaugura –cianuro súbito-
el agujero de la madrugada
en el que todo termina
-entre las cuatro y las cinco-
y toca fondo el fémur de un mar muerto.
Es ese lugar solo en el que nada nada
y los humanos dejan de inhalar, de exhalar,
las jacarandas de soltar sus plumas de terneza,
las ratas energúmenas dejan de olisquear
y se congelan.
Es ese sitio del día en el que no hay más día,
ni latido, ni fluir, y el después es incierto.
Es esa muerte inerte que sólo se interrumpe
con el chirriar inverosímil de un tranvía,
o el anarquista foete de una ráfaga de viento,
o el grito ahogado desde una pesadilla:
un roce inesperado que remueve la inercia
y echa a rodar el nuevo día;
que deja al haz devolver el envés,
a la moneda caer con la cara hacia arriba
anunciando su sol,
al periódico de ayer aventado en la calle
aletear.
No dejan ya después de acumularse
poco a poco los sonidos urbanos,
sus liberados cencerros.
Comienza el alboroto pian pianito a remontar,
a empinarse inconsciente hacia
un después inane…
Como si siempre hubiese tiempo,
como si hubiese habido tiempo siempre
tejido entre los días y la sangre,
muelle argamasa entre los ladridos de las horas,
ubicándonos, sosteniéndonos…
Como si el tiempo estuviese ganado
dócilmente sentado,
tumbados bueyes mirando el mar.

sábado, 23 de enero de 2010

Acto

Lo arrancas de raíz y grita.
Grito con forma y fuerza de raíz.
El inquilino es así.
Emperrado y correoso y grita.
Grita si se le extirpa de raíz.
Una zarpa que se hunde en las tetillas.
En el ano del estómago y las ingles.
Como raíz se aferra a su terrario.
Como mandíbula a su bocado.
El invasor se prende de la carne.
Desgarra su fibra al extirparse.
Lo sacas de raíz y escupe ligamentos.
Glándulas en jirones y lamentos.
Palpita mientras lo agarras y te agarra.
Lo coges y te coge. Palpitas.
Él te arranca de raíz. Tú gritas.
Grito con flaqueza de raíz extirpada.
El inquilino eras tú.

viernes, 8 de enero de 2010

¡Nada que hacer!

Salgo a soltar las piernas.
Como otros sueltan sus perros.
Otros los pernos sobre el pasto...
Ah, ¡la brisa cargada de navajas!.
En la calle los vagos nos reconocemos.
Dar pasos sin propósito es un arte suave
que se deja notar y sólo están para notarlo
quienes dan pasos sin propósito.
En qué banco detenerse a rebobinar
la lista de los pensamientos,
a calibrar el desfile ocioso que atestiguamos adentro
–retazos de frases y memoria—
con el desfile ocioso que atestiguamos afuera.
Rostros... Ah, ¡cómo imantan el corazón los rostros
con sus parecidos y sus sorpresas!
Caderas jóvenes que inducen
pequeñas fogatas de utopía
y ajetreos y devaneos y conductas
merecedoras de una bitácora
más minuciosa que este rincón de libro.
Nada que hacer y salgo
a cavilar sobre los seres humanos
ignorando el color que por la noche
adquirieron las hojas de las caducifolias
y las palpitaciones que induce la brisa
en los flequillos del pasto.
Ignoro la discreción de los tordos
y solo atiendo sin nada que hacer
a quienes me ignoran... El muro gris
con toda su brutalidad
no podría ignorarme.

(Anotado entre Mitte y Dahlem 11 Okt 06)