sábado, 1 de mayo de 2010

Abanicada

Aparezco (videograbado celeste) de niño
practicando mi swing inagotable
ardua persitentemente
una máquina o un dios de pantalones guangos
me lanza pelotas con todos los efectos las
trayectorias las velocidades y hacia cada
recoveco de la zona legal
le tiro a todas como en loop
soy esa insistente concentrada maníaca
repetición en el atardecer del parque
los puños firmes en torno al mango del bate
los pies rascando tierra acomodando la firmeza
del cuerpo con los fierros
me veo poseído por la reiteración del swing
que surca el aire atraído por la traza
del bólido que zumba y ataca los milisegundos
con que cuenta y así se engarza el universo
al jalón de los brazos y muñecas
y al empuje de los muslos las caderas
los chamorros las nalgas los talones
coreografía obcecada que lleva al choque
de la madera con el cuero un kamasutra
entero en su manera de comerciar
del roce más sutil hasta el orgasmo
simultáneo del cuadrangular…
Aparezco (videograbado celeste) de niño
practicando mi abanicada
estoy afuera y adentro
estoy en loop
soy la pelota que vuela y el leño que la descose

miércoles, 7 de abril de 2010

Después de velarla

Me ofende la indiferencia del mundo.
Quiero decir de los árboles,
de la brisa que riega sus caprichos
y pespuntea con enveses, haces.
Quiero decir de las bestias domésticas;
ardillas, transeúntes… olisqueándose
como si no lo notasen.
¿Con qué navaja indigna escoriarles
la apelmazada piel… tatuar
en ella el nombre que vaciaste
para siempre?

Me ofende la salud sosa del mundo.
Quiero decir de este tranco
amortiguado con el que camino,
los merodeos que adquiero,
esta hambre ruin, este cansancio memo.
Quiero decir los reflejos del sol de mediodía
sobre el lomo pulido de un carrazo.
Y me pongo a punzar su acero con tus ojos,
con la furia que te daba su indolencia.

viernes, 12 de marzo de 2010

El agujero de la madrugada

No dejan de apocarse los sonidos urbanos,
las rachas de tráfico,
sus encerrados cencerros.
No dejan de decaer los alborotos, los destemples,
la burulla y su carnavalería.
Desde el pico tumultuoso
-entre las dos y las tres de la tarde-
en el que la loca orquesta urbana
libera todo su vapor, su estruendo,
sus decibeles y caballos de fuerza,
no deja de hundirse imperceptiblemente
la estridencia. El ruido
no deja de espaciar sus agujas husadas,
de domar su chirríos de balatas y bafles.
No deja de ralentizarse el calambre del tejemaneje,
del vas y vienes y viertes,
de espaciarse el hormigueo,
de aletargarse las pausas,
de acodarse más y más en los rincones
y hacerse más amplias las burbujas de silencio
hasta que el eco se interrumpe
y se inaugura –cianuro súbito-
el agujero de la madrugada
en el que todo termina
-entre las cuatro y las cinco-
y toca fondo el fémur de un mar muerto.
Es ese lugar solo en el que nada nada
y los humanos dejan de inhalar, de exhalar,
las jacarandas de soltar sus plumas de terneza,
las ratas energúmenas dejan de olisquear
y se congelan.
Es ese sitio del día en el que no hay más día,
ni latido, ni fluir, y el después es incierto.
Es esa muerte inerte que sólo se interrumpe
con el chirriar inverosímil de un tranvía,
o el anarquista foete de una ráfaga de viento,
o el grito ahogado desde una pesadilla:
un roce inesperado que remueve la inercia
y echa a rodar el nuevo día;
que deja al haz devolver el envés,
a la moneda caer con la cara hacia arriba
anunciando su sol,
al periódico de ayer aventado en la calle
aletear.
No dejan ya después de acumularse
poco a poco los sonidos urbanos,
sus liberados cencerros.
Comienza el alboroto pian pianito a remontar,
a empinarse inconsciente hacia
un después inane…
Como si siempre hubiese tiempo,
como si hubiese habido tiempo siempre
tejido entre los días y la sangre,
muelle argamasa entre los ladridos de las horas,
ubicándonos, sosteniéndonos…
Como si el tiempo estuviese ganado
dócilmente sentado,
tumbados bueyes mirando el mar.

sábado, 23 de enero de 2010

Acto

Lo arrancas de raíz y grita.
Grito con forma y fuerza de raíz.
El inquilino es así.
Emperrado y correoso y grita.
Grita si se le extirpa de raíz.
Una zarpa que se hunde en las tetillas.
En el ano del estómago y las ingles.
Como raíz se aferra a su terrario.
Como mandíbula a su bocado.
El invasor se prende de la carne.
Desgarra su fibra al extirparse.
Lo sacas de raíz y escupe ligamentos.
Glándulas en jirones y lamentos.
Palpita mientras lo agarras y te agarra.
Lo coges y te coge. Palpitas.
Él te arranca de raíz. Tú gritas.
Grito con flaqueza de raíz extirpada.
El inquilino eras tú.

viernes, 8 de enero de 2010

¡Nada que hacer!

Salgo a soltar las piernas.
Como otros sueltan sus perros.
Otros los pernos sobre el pasto...
Ah, ¡la brisa cargada de navajas!.
En la calle los vagos nos reconocemos.
Dar pasos sin propósito es un arte suave
que se deja notar y sólo están para notarlo
quienes dan pasos sin propósito.
En qué banco detenerse a rebobinar
la lista de los pensamientos,
a calibrar el desfile ocioso que atestiguamos adentro
–retazos de frases y memoria—
con el desfile ocioso que atestiguamos afuera.
Rostros... Ah, ¡cómo imantan el corazón los rostros
con sus parecidos y sus sorpresas!
Caderas jóvenes que inducen
pequeñas fogatas de utopía
y ajetreos y devaneos y conductas
merecedoras de una bitácora
más minuciosa que este rincón de libro.
Nada que hacer y salgo
a cavilar sobre los seres humanos
ignorando el color que por la noche
adquirieron las hojas de las caducifolias
y las palpitaciones que induce la brisa
en los flequillos del pasto.
Ignoro la discreción de los tordos
y solo atiendo sin nada que hacer
a quienes me ignoran... El muro gris
con toda su brutalidad
no podría ignorarme.

(Anotado entre Mitte y Dahlem 11 Okt 06)

martes, 29 de diciembre de 2009

De nuevo Ícaro

En un libro de poemas mediocres, somníferos, y bajo los rayos adormilados de un sol de invierno, encuentro uno, un poema, un rayo en el que un avión cae en picada sobre la gran ciudad. Es un instante, un rayo sin relámpago. Son dos o tres gritos espeluznantes y el estruendo, la compresión brutal de la materia, el estallido, el fogonazo, nanosegundos descritos es líneas súbitas. El seguimiento de las fatales cadenas de causas y efectos, la descripción minuciosa de los fierros licuándose y de los óleos inflamándose y de los cristales evaporándose. Todo impactándose, fundiéndose contra concreto. Viene luego una pausa astuta para saltar de la naturaleza al drama, sesgando el ojo hacia lo aleve e insignificante en términos químicos mas pavoroso para la conciencia primate. Esos kilos de carne grasienta y gramos de sesos con sus jugos y telillas y sus gotitas de vida y dolor, de ternura y horror, desintegrándose en un chispazo, en un rayo, en unas líneas sagaces y súbitas de un poema menor, disolviéndose por siempre en la nada dureza ya sin madre, sin sinapsis, en un nanosegundo de cruel imperio de las leyes naturales sobre el sueño desquiciado de volar.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Aterrizaje (en mi niñez)

Al final de un sueño largo y sinuoso comencé a perder la esperanza en la viabilidad y cordura del proyecto en el que estaba embarcado (en el sueño): recuperar al niño que pervive en mí, demostrar ¿o reconstruir? la unidad del niño que fui con el niño que a veces siento que tengo aquí y que ha salido en busca de su estela infantil en un sueño largo y sinuoso. Las escenas del sueño son estas que se escapan, se encadenan y engarzan fusionándose de un modo líquido, delicuescente, delirante, amniótico.
Llego desde siempre al aeropuerto de mi infancia. Caigo, muy suavemente caigo. Ay los aterrizajes: aterrizo. Cunden los ruidos amenazadores del aterrizaje. Las vibraciones. Recorro la pista aterrizando, cayendo suavemente y con los ojos abiertos, penetrantes. Puedo ver las casas alineadas a los costados de la pista. Atravieso con la mirada la opacidad de las persianas y de los muros. Descubro una secuencia de recámaras infantiles que se suceden conforme caigo deslizante, como flotando siempre más cerca de la pista sin aterrizar.
Veo niños y niñas en esas recámaras, en casas distintas, enfiladas, barridas una a una por mi intrusa mirada. Niños y niñas en la intimidad infantil, eligiendo un jinete, un disco, un cuaderno de iluminar, una mascota. Hundidos todos en esa soledad primigenia. Una tras otra las casas pasan hasta que llego a mi casa… y entro a ella, como entra el aire, como entra la mala suerte un día. Me desplazo con el poder afantasmado del sueño. Camino por el pasillo de una casa encantada que reconozco y extraño y desconozco y me extraña. El piso está cubierto por frágiles miniaturas de unos pocos centímetros que no debo pisar. Apenas visibles, son estructuras de hueso viejo, de piedra caliza, de seco migajón de pan, que ceden y se quiebran sin ruido pero con aspereza bajo mi planta. Algo irremediable se derruye y se pierde si me equivoco al plantar el pie. Una joya. Una horca. Un monasterio de termitas. En las paredes están las fotos de mis padres. En cada cuarto que entro reconozco sus muebles. Entro a mi cuarto y está mi infancia concentrada en objetos cargados de emoción, de afecto, de sentido de intimidad. Cosas extraviadas hace milenios y cuya pérdida nunca lloré. Cientos de pequeños duelos congelados al no haber reconocido la hondura que dejó el abandono al desplazarme al futuro. Piedras ovales, carritos, lazos de trompo, cuadernillos… Ahí estoy, entre ellos, desdoblado, conmovido...
El yo intruso sale de la casa y se encuentra al fin en el jardín al niño que fue (que busco y creo ser). Es el niño que he estado atisbando (ahora lo entiendo) en el umbral del reconocimiento, en las instantáneas evanescentes que me rodearon con recuerdos de distintas épocas de mi infancia. París, Mina, Londres… Mas que recuerdos son vínculos de afecto lo que nos une y separa; como una línea de electricidad tenue que está y no está, caprichosamente.
Estoy con el niño que está conmigo. Estamos en nuestra casa de Mina, cincuenta años después. Ahora vive ahí otra familia que ha colonizado el espacio, pero sobrevive un fulgor tímido, como un eco del paso de mi familia, del paso de mi cuerpo infantil y sus emanaciones. Sobrevive una reverberancia de mi intimidad, de mis lejanos afectos.
Veo al niño que fui y soy ahí parado, mirándome, en el jardín. Yo soy su cuidador y amigo (me percato) y me le acerco, no sin temor a estar quebrando malhadado un tabú. Veo acercarse a mí su rostro inconfundible, su mirada vivaz. Sus ojos son estos viejos ojos míos. Su risa al verme es esta risa mía, mil años antes, clara en su pureza. Y lo levanto y abrazo, y es un abrazo único, de fusión, de cercanía total, emocionada, perturbadora.
Mi madre en su vestido alado de veinteañera y en su belleza de madre joven a unos metros me observa y asienta, como diciéndome qué bueno que volviste, Carlos. Carlitos te extrañaba y te necesitaba. Mi padre es una presencia lejana e insistente. Está en la refinería, o de viaje, o en el Complejo, o manejando hacia los campos, o aterrizando, eternamente aterrizando. Puede como siempre estar y no estar ahí, en todos lados.
Y el futuro irrumpe. Y el presente irrumpe. Hay de pronto poetas que celebran la infancia tropical y sus voces son ruido, estruendo en este espacio. Hay una rápida transformación de las habitaciones. La llegada de amigos del futuro pasado. Amigas deseadas a las que abrazo por las caderas incomodándolas un poco. Llega la sensación de una huida del pasado en cascada y del fracaso de la búsqueda de la niñez. Tocar la piel del niño que fui (y ya no sé si aún soy) empieza volverse irreal.
Me asomo a una ventana alta recién despertado y no sé la edad que tengo, la vida que he llevado. Descubro, a contraluz, un pequeño roedor de cola en llamas erguido sobre una barda, y encima de éste, en una rama pelona, un ave gris en reposo. ¿Tal vez un momento de revelación? Y me pregunto averiado, roído, cómo capturar ese segundo que se expande. Pienso en mi cámara y en mi cuaderno más con tristeza que con real deseo de registrar la visión, la huída del roedor, el despegue del ave.
Aterrizajes que no llegan, que no tocan la piel con la que sueñan, que no pueden ser suaves, penetrantes, líquidos y emocionantes, sino que encuentran la dureza de la grama, la extrañeza de lo heterogéneo, su violencia: la cristalización brusca del fósil irrecuperable de la infancia en un ámbar que huye, que se queda atrás, o hundido, o en otra dimensión escabullida, abandonada, seca, inaccesible.
Después de un sueño largo y sinuoso comencé a perder la esperanza en la viabilidad del proyecto en el que estaba embarcado (en el sueño): recuperar al niño que pervive en mí, recuperarme en su inmortalidad.